Cerca de Dios y de los hermanos

Día del Seminario 2017
Reflexión teológico-pastoral

Cerca de Dios

La cercanía entre dos personas siempre significa entrega, generosidad y donación de vida. En las reflexiones filosóficas de los clásicos griegos nunca se habla de la realidad de la entrega; esto no nos debe extrañar, porque en el camino de autenticidad no se plantea un diálogo de tú a tú, sino que un ir a uno mismo, en una especie de exaltación personal.

Jesús nos ha enseñado a entregarnos como él se entrega a nosotros, «me amó y se entregó a la muerte por mí» , «este es mi cuerpo entregado por vosotros»: Jesús nunca les dijo a los apóstoles «conócete a ti mismo», sino «conoce mi amor».

La vida cristiana no es ordenar la vida al modo de Dios desde lo que a mi me parece, es una relación con una persona viva, es una existencia iluminada con la riqueza de Dios. La vida humana se hace mucho más humana aunque escape a nuestra inteligencia, porque se hace de Dios; «muy divino, pero muy humano»: “¿Hay algo más cercano al hombre que la ternura del amor de Dios? […] muchas veces «muy divino» significa «muy abstracto». Pero ¿no es lo divino lo que se nos revela en Cristo? ¿Qué cosa más humana que el amor de Cristo?”

El discípulo de Cristo vive en amor, en un trato con Jesucristo como persona viva; como decía el Papa Pablo VI: <verdaderamente vive y actúa>. El Reino de Dios se revela en la verdad: según Ignacio de la Potterie, <la verdad> en San Juan es <el amor del Padre revelado en su Hijo Jesucristo, que da la vida por los pecadores>.

Cuando el amor es real, la persona gozosamente ata su libertad al otro para que se mantenga viva esa relación; no se puede amar sin hacer una entrega de sí mismo, sin hacer una oblación de su libertad por la fuerza del amor. El valor supremo del hombre no es la libertad, sino la libertad al servicio del amor.

Si el amor es auténtico se ata, se compromete gozosamente, se entrega y se inmola libremente buscando esa unión de voluntades con la persona a la que se ama; un amor que no se ata le falta autenticidad:

“Ver a Cristo atado y cómo lo llevan atado. Ahí han aprendido los Santos a atarse y a ofrecer su libertad. Jesús ha querido llevar de esta manera en sí, en su Pasión, tantas ataduras de la Iglesia, tantas ataduras de seguidores suyos que han sufrido la prisión, los encarcelamientos, y que Él ha asumido en sí mismo, en el momento de la Pasión, con actitud redentora que nosotros debemos participar. Para que nosotros vayamos teniendo esa actitud en nuestra vida hemos de entrar en la actitud de Cristo, porque sólo entrando en Él aprenderemos a vivirlo nosotros con la misma disposición”.

Lo importante en nuestra vida es estar abiertos al Señor. Con demasiada frecuencia se da en nosotros una tendencia a retirarnos del Señor, a darle la espalda. Cuando el Señor nos invita a la vida, nos invita a un banquete con El y nos presenta los manjares, las alegrías y los goces verdaderos de la vida, que muchas veces tienen sus espinas: nos ofrece ese banquete y quiere que disfrutemos como hijos de ese banquete, que no estemos de tal manera absorbidos por el temor del sufrimiento que dejemos de disfrutar de la vida.

El Señor nos invita al banquete de la vida pero sin que nos desinteresemos de Él, sin que le presentemos la espalda: la espalda a Dios siempre trae muerte para el hombre.

Cerca de los hermanos

El gran drama de nuestra vida es que nos cuesta morir; cuesta renunciar a la vida egoísta: pensamos que renunciar a la vida egoísta es morir del todo, aunque de hecho es abrirse a la vida verdadera del amor.

Nosotros muchas veces queremos ser cristianos sin perder nuestra vida, por eso preferimos multiplicar ciertos actos que no afecten a nuestra vida. Lo importante para mí es vivir mi vida, sacarle el mayor jugo posible a mi modo. Quiero entonces cumplir con unos ciertos deberes cristianos que los puedo catalogar de ciertas maneras y tratar de colocarlos en mi vida de manera que no me estorben: esto es frecuente en nosotros. Parece que hacemos una especie de compromiso: yo cumplo mis deberes, pero vivo mi vida.

Esto es difícil de mantener: la vida de Cristo, el amor de Dios, no puede ser un elemento marginal en nuestra vida; porque quiere decir que entonces no hemos entendido el amor de Dios, es la frase de Jesús: «Nadie puede servir a dos señores». Ahí quizá está la gran decisión que nos plantea la Pasión de amor del Señor: “decidirse a dar la propia vida por Cristo”: “Para muchos, Cristo es objeto de burla práctica. No quieren aceptarlo como Mesías. Prefieren pasar las noches de diversión ofendiendo al Señor, que es el que lo paga todo, y diciéndole al mismo tiempo: <si tú eres el Mesías y lo sabes todo, adivina quién te ha golpeado> . Esta visión de Cristo humillado es algo que ha atraído siempre a las almas cristianas, la contemplación de ese Cristo, que está así por nosotros. El asume en sí en este momento todos nuestros pecados. No nos importa ofender al Señor con tal de disfrutar de nuestras pasiones. Es ya una prefiguración del Cristo crucificado.

Jesús ha querido padecer todo. Nosotros somos muy sensibles a nuestra honra. Nos parece que ahí tenemos derecho a defendernos de todos los modos. Jesús nos da un ejemplo tremendo de sentir su honra pisoteada”.

La felicidad del hombre no se puede plantear con los criterios del mundo sino con los criterios de Dios, no se puede enfocar con el egoísmo sino con una sincera y auténtica relación de amor hacia los hermanos; ¿cuántas veces miramos a Dios y a los hermanos encerrados en nosotros mismos?, ¿cuántas veces tenemos gran amor a la vida terrena y nos rebelamos porque el Señor no nos conserva la vida terrena?: se quiere de Cristo la seguridad y el disfrute de la vida temporal y nada más realmente. Jesús, conociendo y habiendo amado, amó hasta el extremo.

No hemos de tener miedo de abrirnos a la presencia de Dios y en la entrega a los hermanos. Que no nos dé miedo que nos conozcan cómo somos, a veces nos frena y nos retiene en la entrega la impresión de que si nos conocen como somos, no nos amarán, no nos podrán estimar. Él nos conoce, Él nos ha amado y nos ama hasta el extremo.

El amor cordial auténtico es siembra fecunda y duradera en el mundo

Lo que se realiza con el sólo esfuerzo humano pasa con el tiempo, lo que se realiza en la gracia de Dios, en la verdad del amor de Dios, permanece más allá de lo temporal. El lema de Pablo VI en su escudo pontificio era: in nomine Domini, en el nombre del Señor. «En el nombre de Jesucristo vivo», esto es lo deberíamos de tener dentro de cada uno. 

En el momento actual las personas son muy sensibles a las vivencias, como también son muy insensibles a las palabras que no estén acompañadas con la necesaria intensidad de vida: la espiritualidad del Corazón de Cristo nos lleva a hablar desde dentro, a hablar desde el corazón, todo lo que nos sale desde dentro tiene una eficacia, una fuerza excepcional: «Si alguno tiene sed, que venga a Mí y beba. El que cree en Mí, como dice la Escritura, de su seno brotarán torrentes de agua viva».

La misión es una relación que hay que vivir en dependencia y en diálogo interior: en diálogo interior con el Padre en Cristo; esto es lo que se sintetiza en la imagen del Corazón de Cristo. La vida cristiana es una vida de amistad con Cristo, de intimidad con Cristo, de apoyarnos en la fuerza de Cristo, de contar con Él como Consolador íntimo, como Amigo personal que está siempre con nosotros: cuando vivimos así las cosas nos salen desde dentro.

Vivir bajo la mirada de Cristo para permanecer en la mirada al hombre en amor, dignificándole y salvándole, supone establecer una relación personal con Jesucristo vivo, significa entrar dentro del misterio, en la intimidad de Dios, donde la actividad humana queda sostenida por la gracia de Dios de una forma permanente.

El gran obstáculo para la fe es la soberbia del hombre: limita enormemente la fuente de su conocimiento y de su vida: lo que yo demuestro es simplemente lo que es inferior al hombre, lo que supera al hombre, lo que es contenido interno del mismo Dios, yo no lo puedo demostrar ni dominar. Ir a lo profundo de Dios para ir a lo profundo del hombre, todo lo demás es quedarse en la superficie: el Corazón de Cristo nos lleva al corazón del hombre.

<Mirar que me mira>, la gran indicación de Santa Teresa: ponerme delante de Cristo crucificado en un coloquio de miradas: <mira cómo te he amado>, <mira cómo me has puesto>, <mira cómo debes de amar>. Todo eso me lo dice con su mirada: pedir al Señor que nos clave dentro unos sentimientos profundos, no unos sentimientos emotivos, sentimientos hondos que nos marquen el corazón interiormente:

La oración es un dejarse mirar por Dios. La postura de oración es abrir nuestras posibilidades, nuestros sentidos interiores espirituales al Señor, para poder establecer con Él esa verdadera comunicación en la que interiormente me hace sentir lo que Él quiere”.

Vivir de la mirada del Señor en todo momento: <mirarán al que traspasaron>: sólo el que ve a Cristo atravesado por Él es salvado por Cristo; el pecador no arrepentido no resiste la mirada del Señor, trata de huir, de no reconocerse pecador, trata de escapar.

El encuentro de corazón a corazón ilumina la vida con el amor de Dios: hay un encuentro personal y hay una luz que ilumina y arrebata, solamente entonces uno acepta con fe lo que el Señor le manifiesta, esto es lo que marca una vida. Hay que aprender a mirar a cada hombre desde el Corazón de Dios, con esa actitud y con esa mirada correspondiente al amor de Dios.

Hay que ser instrumento de la mirada de Dios, de la sonrisa y del amor de Dios hacia todos, poniendo amor en lo que hacemos y sirviendo como expresión de la manifestación de la caridad de Dios: “Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”.

La realidad verdaderamente vivida en la relación con Dios trae en el apóstol una unión en la iniciación y en la introducción a la vivencia del misterio del Corazón de Cristo en relación con los demás: apremiados por ese amor, la persona se entrega a Él para ser instrumento del Señor.

El cristiano se caracteriza por participar de una realidad nueva; no a través del pesimismo ni con la amargura, sino por una mirada de aprecio cordial. Lo importante es elevar la visión de las cosas.

Los desequilibrios y las sombras de cada momento histórico son reflejos de los desequilibrios del corazón humano; no se remedian los problemas de cada tiempo sin remediar el corazón con el amor y la misericordia de Dios. La colaboración con la gracia va ayudando a dominar los deseos de la carne con la ley del espíritu; el goce profundo, que se experimenta en el interior del corazón, serena la vida en sus manifestaciones externas.

La eficacia del apostolado depende de la riqueza espiritual instrumental del apóstol en las manos del Señor, depende del corazón bueno-cristiano, sin llegar a despreciar los actos externos de la persona. La conversión del hombre pecador se da al experimentar el amor de Dios, contemplando a Cristo y abriéndose a su Corazón manso y humilde. Todo camino de maduración lleva a la persona a descansar en el Corazón de Cristo.

En el Corazón de Cristo se nos revela el corazón del hombre. La madurez de la vida cristiana consiste en aprender a mirar a cada persona desde el Corazón de Dios con una continuada simpatía a todo lo creado.

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